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Qué harías si...?
(22/06/2021)
¿Qué harías si supieras que hoy vas a morir?
Se preguntó el Hombre, aún desde la
cama.
Le gustaba hablarse en voz alta y
responderse en silencio.
Estiró la manta hacia el lado
derecho y se levantó despacio en dirección al baño.
Decidió no afeitarse y en lugar de
eso se miró a los ojos, pensó que no tenían un color definido.
De vuelta en la habitación, eligió
una camisa de lino beige y un short blanco. Los pies, descalzos.
Tomó un jugo de naranja con mucha
pulpa, lavó el vaso y lo colocó en la repisa.
Media hora después, cerró la puerta
detrás de él y repasó mentalmente si había dejado todo como se suponía.
Entonces cruzó la calle y ya en el
otro lado, con la playa a sus pies, observó su casa y se sintió astuto por
haberla comprado.
El sol indicaba que eran las 9 de la
mañana.
El Hombre respiró y no le importó
despeinarse, la brisa era como un beso de menta.
Se acercó lo más que pudo al agua,
se detuvo justo donde empezaba la arena húmeda.
Contó hasta diez y se sentó, sabía
que no había vuelta atrás. Ya no podría volver a pararse.
Intentó imitar las revistas que
había leído, buscó la mejor posición para su columna y cerró los ojos.
Empezó a escuchar ruidos a lo lejos,
risas de niños, que no eran los niños de sus niños.
¿Me tendría
que sentir culpable?
Pues, no eran ellos quiénes estaban
en su mente, no sentía nostalgia por su familia.
Sólo una imagen, sólo un deseo
inalcanzable, un último apego: Ana Velázquez.
Los pies empezaron a acalambrarse y
las uñas deformadas se le llenaron de mini partículas.
Tenía escalofríos.
Debajo de los párpados había tanto
movimiento como quien está mirando fuegos artificiales.
Otra vez tenía 20 años, otra vez estaba acostado en la manta a lunares y ella le hablaba a lo lejos.
Él no era capaz de escucharla, sólo
la veía en su traje de baño entero celeste, piernas largas apenas bronceadas.
Toda ella era una Diosa con piel de
leche dorada.
¿Ana te
acuerdas? ¿Cómo nos revolcamos en la orilla, cómo te hice mía en la sal?
Un ardor inexplicable le subió por
la venas, veía sus manos tocando los lugares secretos, se contempló fuerte como
el mismísimo océano.
El Hombre sonrió, le pareció una
paradoja muy grande sentirse tan vivo.
Lo que al inicio era un susurro,
ahora se había convertido en un estrépito. Las olas eran el perdón.
Traían el pensamiento, lo
desplegaban y luego lo borraban.
Poco a poco la silueta empezó a
disolverse, lo último que pudo divisar fue su sonrisa, dientes de caracol y
lengua de serpiente. Nadie había sido como esa mujer.
Pero el deseo también empezó a
desaparecer, la evidencia indiscutible del final.
Sus células iniciaron una danza a
toda velocidad, como miles de hormigas caminándole el espíritu.
La respiración parecía carecer de
valor y en cambio, la quietud de los sentidos era energía.
De pronto, como rey de su cuerpo,
abrió los ojos y devoró la inmensidad delante de él.
Agradeció al testigo con una lágrima
involuntaria y se desplomó en el suelo.
El joven que lo encontró, corrió hacia sus amigos y agitado, les gritó:
¡Hay un hombre muerto! ¡Un hombre de ojos azules!
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