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Un día (a)típico en el barrio Garbatella

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos. 


(Roma - 15/03/2020)

Hace una semana que estamos en casa. Ningún día ha sido igual, adentro, pero poco a poco parece haber una rutina afuera: hacer Ruido. A la mañana los vecinos se hacen notar cuando despiertan, como la persona de alguno de los pisos de abajo que ayer puso a todo volumen "Staying alive" alrededor de las 10 a.m, causando una risotada masiva en todos los palazzos, aplausos y una señora realmente animada bailando en el balcón. 

Al mediodía decidimos ir a hacer unas compras a un súper que queda como a diez cuadras porque tienen cosas veggies a buen precio y buena calidad. En el camino no nos cruzamos a nadie, estaba lloviznando así que quizás por eso, pero lo que sí vimos fueron un montón de banderas italianas colgando de las ventanas, y dibujos! tantos dibujos con arcoiris y las leyendas #celafaremo y #tuttoandràbene. Un modo de animarnos colectivamente en este período y de decir "lo vamos a lograr".

Es inevitable pensar que nosotros vivimos, ahora, en un barrio muy tradicional romano, pero que en otros momentos hemos vivido en lugares en los cuales éramos más inmigrantes que locales y de pronto nos quedamos en silencio preguntándonos cómo se estarán arreglando algunos seres con todo este casino (entiéndase quilombo) y que probablemente se vendrán tiempos de mucho apoyo para volver a levantar-nos.

Ya en la cuadra del supermercado entendimos que la cosa no sería rápida y nos ubicamos al final de la fila, espaciada un metro cada una persona. La mayoría usaba barbijos, nosotros no y la chica de adelante tampoco. La gente conversaba poquito entre sí, pero habían miradas intensas, algunas cariñosas, como caricias invisibles, otras distantes, como activistas del miedo.

Cuando por fin llegó nuestro turno, el chico que estaba encargado de organizar la fila, nos dijo: "uno per coppia" y nosotros nos miramos y sin pensarlo tanto, le dije a Vincent "yo voy", sintiéndome una especie de Juana de Arco millennial y clase media. Adentro comida había, un montón, los estantes estaban todos llenos. Después de agarrar unas leches de almendra me percaté de que una chica, a lo astronauta, iba limpiando todas las zonas por donde había pasado alguien y me pareció una exageración, pero me dejó notoriamente tranquila (?). Quince minutos después pagué y nos fuimos.

De vuelta en casa, cocinamos y mientras comíamos escuchamos otra vez Ruido y fuimos al living a sumarnos a los aplausos de ventana, nos reímos, sólo por reírnos, por sentir unas ganas inconmensurables de salir a dar un montón de besos y abrazos. Nos dijimos que esto también pasará y que menos mal que nos tenemos. El día continuó entre escritos míos, dibujos de Vince, meditación de los dos y galletitas con pasas de uva. La noche se la dejamos a A Dog Day Afternoon, porque ver películas es la que va también en estos tiempos y el joven Al es simplemente exquisito.



    A Dog Day Afternoon (1975)