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Taranto
Tiempo estimado de lectura: 2 minutos.
*Foto de mi autoría, tomada en Taranto, Italia. Febrero de 2020.
Las
piedras que antes estaban en el agua ahora forman una hilera que protege la
ciudad; son desiguales y no demasiado grandes, pero tienen cráteres en los que
vivieron moluscos y cangrejos, lo que les da una presencia viva. El musgo que
las cubre está seco arriba y gelatinoso abajo, son blancas-grises-marrones y
huelen a bahía olvidada.
El
golfo que éstas delinean tiene edificios de un lado y del otro el mar Jónico,
que es transparente por naturaleza, a pesar de estar congestionado por veleros,
buques y barcos pesqueros. El sol cae sobre el plácido movimiento de la masa,
un poco turquesa, un poco esmeralda, y de pronto es posible sentirse un gigante
que camina por una alfombra interminable, porque tal lentitud invita, todo este
azul invita a no sólo hundir los ojos, sino a desafiar instintos y por qué no,
ser peces hombres-mujeres-hermafroditas, con cuerpos capaces de acariciar las
mareas más profundas.
Pero
los ancestrales mar vivientes son pescados desde temprano. A esta hora, al
mediodía, regresan en dirección a las piedras, amontonados en las redes,
meciéndose en la madera del barco, que está manchada con tripas y sangre, como
cuadro de un Edén perdido… ¿o encontrado?
Encontrado
por las bocas hambrientas que sin paciencia quitan las espinas y muerden la
carne que la sal marina horas antes protegía, y después de cada mordisco hay un
sonrisa de dientes coloridos, que gozan la frescura, la delicia que ese vientre
enorme y todopoderoso ha concebido.
Por
un instante todo parece equilibrado, más allá de lo absurdo de la muerte,
porque el aire continúa moviendo melenas, velas y olas. La sinfonía no entiende
de bienes o males, sólo de ciclos.
Entonces
la música sigue: es un concierto de silencio de voces y en cambio, el agua es
una blanca que se repite en eternos
compases, los claxon náuticos son bemoles
de viento y el vuelo de las gaviotas corcheas
sólo para oídos que saben escuchar. El cielo es el pentagrama envolvente de
toda esta melodía cotidiana, pero única cada día. Entre las pocas nubes, la luz
estalla en todas las direcciones y dibuja un halo plateado sobre el agua, que
al entrecerrar los ojos parece un campo de chispas o una danza de hadas.
Taranto
es industrial, robusta, muy europea en el centro, pero plagada de escombros en
las afueras. Se respira una sensación de algo que fue y que no volvió a ser
nunca más lo mismo. Están quienes dicen que no hay belleza aquí, pero tiene
luna, sol y mar.
El
fuerte que protege la ciudad está construido con piedras que te sostienen al
sentarte y que tienen huellas de miles de sinfonías que todavía se pueden
escuchar.
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