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¿Por qué escribir?

Taranto

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos. 

Las piedras que antes estaban en el agua ahora forman una hilera que protege la ciudad; son desiguales y no demasiado grandes, pero tienen cráteres en los que vivieron moluscos y cangrejos, lo que les da una presencia viva. El musgo que las cubre está seco arriba y gelatinoso abajo, son blancas-grises-marrones y huelen a bahía olvidada.

El golfo que éstas delinean tiene edificios de un lado y del otro el mar Jónico, que es transparente por naturaleza, a pesar de estar congestionado por veleros, buques y barcos pesqueros. El sol cae sobre el plácido movimiento de la masa, un poco turquesa, un poco esmeralda, y de pronto es posible sentirse un gigante que camina por una alfombra interminable, porque tal lentitud invita, todo este azul invita a no sólo hundir los ojos, sino a desafiar instintos y por qué no, ser peces hombres-mujeres-hermafroditas, con cuerpos capaces de acariciar las mareas más profundas.

Pero los ancestrales mar vivientes son pescados desde temprano. A esta hora, al mediodía, regresan en dirección a las piedras, amontonados en las redes, meciéndose en la madera del barco, que está manchada con tripas y sangre, como cuadro de un Edén perdido… ¿o encontrado?

Encontrado por las bocas hambrientas que sin paciencia quitan las espinas y muerden la carne que la sal marina horas antes protegía, y después de cada mordisco hay un sonrisa de dientes coloridos, que gozan la frescura, la delicia que ese vientre enorme y todopoderoso ha concebido.

Por un instante todo parece equilibrado, más allá de lo absurdo de la muerte, porque el aire continúa moviendo melenas, velas y olas. La sinfonía no entiende de bienes o males, sólo de ciclos.

Entonces la música sigue: es un concierto de silencio de voces y en cambio, el agua es una blanca que se repite en eternos compases, los claxon náuticos son bemoles de viento y el vuelo de las gaviotas corcheas sólo para oídos que saben escuchar. El cielo es el pentagrama envolvente de toda esta melodía cotidiana, pero única cada día. Entre las pocas nubes, la luz estalla en todas las direcciones y dibuja un halo plateado sobre el agua, que al entrecerrar los ojos parece un campo de chispas o una danza de hadas.

Taranto es industrial, robusta, muy europea en el centro, pero plagada de escombros en las afueras. Se respira una sensación de algo que fue y que no volvió a ser nunca más lo mismo. Están quienes dicen que no hay belleza aquí, pero tiene luna, sol y mar.

El fuerte que protege la ciudad está construido con piedras que te sostienen al sentarte y que tienen huellas de miles de sinfonías que todavía se pueden escuchar.



    *Foto de mi autoría, tomada en Taranto, Italia. Febrero de 2020.