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¿Por qué escribir?

PRÓXIMA ESTACIÓN, MUCHO MÁS ALLÁ DEL SOL

Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

Buenos Aires - 6/09/2014

A las personas nos embriaga el deseo de saber más, siempre más, de los artistas que amamos u odiamos; sus secretos, su imperfección, lo incompresible. Es el intento inagotable de superar el misterio. Pero cuando se trata de él y al escribir este artículo, me pregunto: ¿Para qué indagar en detalles innecesarios? Si lo que nos queda son horas de infinita creación, pura y salvaje. Somos afortunados por su elección visceral de Ser en la música, ya que ese es su regalo, lo que hoy todos compartimos. Disfrutar es lo que sigue, escucharlo una y mil veces, con el placer intacto. 

Estas palabras, algo precipitadas por la conmoción de lo inevitable, no pretenden más que refugiarse en los pasos dados, aquellos que significaron convidar un poco de alma, los que ampliaron la fragilidad y las capacidades, sólo algunos, de una vida que fue vida, también, en la obra maestra. 

Buen viaje, Gustavo. 




Ya en los 80’ el éxito de Soda Stereo había colmado todas las expectativas; álbumes como Nada Personal y más adelante Canción Animal, sonaban en radios de acá y allá. La popularidad iba en ascenso y, como siempre, después de la subida, hubo que bajar. El aire entre los tres músicos se renovó y el producto nació casi verborrágico: Dynamo se desató en los parlantes del año 92’ y dejó a más de uno preguntándose qué acababa de escuchar. 

Dynamo fue la maduración de un recorrido, una forma volcánica de reinventarse. Sin dudas, el proyecto más libre de la banda, en términos de prueba y error. Los extremos se llevaron al máximo: letras sutiles contrastando con guitarras duras y tintes electrónicos. Canciones como En remolinos, dieron cuenta de un vigor que Gustavo no dejaría nunca más, sonidos explotando a la par de una poesía íntima, la unión perfecta entre ternura y ardor. Pero una producción así de emblemática tuvo repercusiones diversas; algunos se marearon, otros comprendieron todo de repente, y el mensaje general de no aprisionarse en uno mismo, de “salir del camino y tomar la ruta”, caló hondo. Las órbitas de sus propios dínamos se alinearon y eso no tuvo vuelta atrás. 


     Foto de Daniel Ackerman. Buenos Aires, 1992.

Luego se concretó un intervalo necesario. Gustavo -y un poco todos- quedaron con apetito de seguir creando, pero ideas personales. Aunque el reencuentro llegaría en el 95’ con Sueño Stereoseguido por Comfort y Música para Volar, la pausa no pasaría desapercibida. Cerati encandiló con Amor Amarillo (1993)producido en conjunto con Zeta Bosio y resultado de sus sensaciones como padre primerizo -y de la pérdida del propio-. El álbum fue, ante todo, embrionario. Tiempo antes, al realizar Colores Santos con Daniel Melero, se había aproximado al concepto de viajar por la luz y, de alguna manera, terminó de madurarlo con su "experiencia amarilla". 

El asombro hacia la vida, presente en todas las canciones del disco, fue un soneto con ánimos de trance. El paradigma de la velocidad se resolvió sin más esfuerzo que el de componer respetando el pulso de una etapa. Dato de color: a Spinetta le gustó tanto el cover de Bajan, que para la grabación le prestó a Cerati la guitarra con la que compuso el tema en el 73’.


    Foto de prensa para Amor Amarillo por Alejandro Kuropatwa.

Y así, en medio de tanto, Soda convocó a una última fecha. La emoción fue multitudinaria, se escuchó el -ahora- histórico “gracias totales” y la pesadumbre de darle un cierre a algo inmenso terminó siendo una fiesta. Para Gustavo, el rumbo era indiscutible: seguir haciendo música. Surgieron proyectos como Plan V, de los cuales nacieron nuevas producciones, pero en el 99’ se produjo la inflexión: Bocanada trajo un azul verdadero a las disquerías, con palabras en vía de superación y la música, otra vez, como un arañazo dulce al corazón.

“En algún sentido yo funciono como una especie de antena, de la música, del mundo, de lo que siento y lo que me inspira. Y lo traduzco a través de mis canciones”, decía sobre su primer álbum solista. Esa visión de sí mismo como canal, se vislumbraba en melodías eufóricas, con intervenciones funkies y climas distintos, potenciados en el fulgor de temas como Paseo Inmoral, VerboCarne o Río Babel. Frente a pronósticos que hablaban de algo inaccesible para un público masivo, los nervios tras la presentación se convirtieron en estado de éxtasis. La ovación fue rotunda, el respeto y los aplausos de gratitud. 


    Sesión de Bocanada. Foto de Gaby Herbstein

El juego de lanzarse a un laberinto musical, de búsqueda sin fin, fue una puesta a prueba de su capacidad de sorpresa; por eso no lo dudó al momento de grabar en vivo 11 Episodios Sinfónicos, un experimento que interpeló todo lo que vino después. Y así llegó Siempre es Hoy en el 2002, como un voto de confianza a los seguidores, con su don de generar impacto y electricidad; la esencia del álbum se centró en el ritmo y la raíz más primitiva. Lo simple y directo del trabajo fue lo atractivo, las intros rockeras y estribillos como: “¿Para qué creer en el azar? Yo nací para esto…”, en contraste con baladas seductoras. 

La vibra continuó por la misma senda, pero se homogeneizó con Ahí Vamos en el 2006, luego de atravesar múltiples experiencias. Un disco de rock, clásico, enfocado en la guitarra y la voz, que la gente aceptó complacida. Cerati dejó ver esa parte suya a flor de piel, el músico de estrofas impactantes y arreglos meticulosos, que dieron como resultado algunas de las canciones más escuchadas de su carrera. El público no entendía de dónde tanta renovación, cómo era posible, se preguntaba si algún día se acabarían las ideas, rogaba que no. 


    Foto de GiselaFilc. Buenos Aires, 2009. 

Por eso en el 2009, cuando sucedió el salto cualitativo y el catálogo argentino conoció Fuerza Natural, un planteo completamente nuevo vino a refundar los patrones esperados. Ya la edición limitada en formato vinilo sacudió la actividad concreta de escuchar música, de relacionarse con ella. Podría decirse que fue la oportunidad en la que más pudimos acercarnos a las vísceras de Gustavo Cerati; el disco, de principio a fin, dejó entrever una cadencia de temáticas relacionadas con las “tormentas interiores, la paz y los viajes personales”, como declaró más adelante.

Difícil aceptar que en la vorágine de tan desmesurada belleza, un año después, el tiempo delimitara la línea de llegada. ¿Acaso se habrían cumplido todos sus designios? Imposible responder. Pero de ahí en adelante un hecho se fortaleció, volviéndose, quizás, la razón de los cuatro años de espera: lo pensamos, deseamos que no sufriera más, que el puente tuviera un fin, fuera ése abrir los ojos o quedarse para siempre en los susurros de su obra. 




El recorrido está plagado de magia, no tiene límites artísticos, es esa clase de tesoro que convierte a los sentidos en un estallido de colores. Tenemos las nuestras, y las vidas de los que vienen, para seguir desglosando sus matices. Seguramente no sepamos todo sobre él, pero lo que eligió compartir con nosotros habla de una entrega descarnada. ¿Qué otra palabra si no es gracias? ¿Qué otro deseo si no es paz? Sólo queda sonreír, la próxima estación lo espera mucho más allá del sol