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Tiempo estimado de lectura: 4 minutos. 



“La arquitectura es el testigo insobornable de la historia”. Octavio Paz. 


(Roma - 2019)

Anad abre los ojos asustado. Un escalofrío inconsciente le hace saber que durmió más de la cuenta. La habitación está vacía; sobre las cuatro camas hay camisas y pantalones enredados en las sábanas. Todos se fueron y él no los escuchó. En un intento por no desesperar, se sienta al borde de la cama y respira profundamente, para luego cantar una canción suave, intencionándola hacia arriba, en dirección a un cielo mucho más lejano que el techo despintado.

Entra al baño con una sonrisa pícara, lo bueno de haberse quedado dormido es que no tiene que esperar. Cierra la puerta con un hábil movimiento y se mira en el pedazo de espejo aún pegado a la pared. Tiene los ojos enrojecidos, perlas negras vivaces que se mimetizan con una piel brillante de ébano y sol. Junta las manos formando un cuenco que llena de agua, preciosa agua, que salpica en su rostro. Repite la acción dos veces y luego se pasa los dedos por el pelo, aceitoso y prolijamente cortado.

Anad lleva puesta la misma ropa del día anterior y no pretende cambiársela. Se mira los brazos y las piernas, piensa cómo su madre estaría orgullosa de ver que ha subido de peso. Ese súbito pensamiento le recuerda que el tiempo sigue pasando y que debe irse a trabajar. Son las 8.30 a.m y el camino hacia el Coliseo es largo.

Ya fuera de la habitación, se toma un momento para asegurarse de que no olvida nada. Sostiene una bolsa plástica con su mano izquierda, repleta de selfie sticks y cargadores portátiles de celular; se toca el pecho y siente el rosario de semillas de rudraksha bajo la remera, luego palpa las llaves en su bolsillo trasero, acompañadas de monedas de todos los valores. Está listo.

Baja las escaleras a toda velocidad y como en una coreografía mágica hace desaparecer los seis pisos detrás de él, para continuar su corrida en la vereda, hasta llegar a la parada de ómnibus. Está agitado, pero no cansado; la adrenalina en la sangre le avisa que el día comenzó. El 81 se detiene momentos después y él se apresura a subir por la puerta trasera. Empuja a todos a su alrededor y se acomoda en un rincón, sin importarle las miradas que desaprueban con énfasis su presencia atolondrada.

Bocinazos, giros, tránsito desordenado, gente y más gente, lo cotidiano. Las gradas del Anfiteatro Flavio se erigen entre las avenidas, algunos turistas que van en el colectivo toman fotografías y suspiran emocionados. Anad piensa que ha visto mejores monumentos en su país.

Una vez en la plaza central del Coliseo, camina con pasos cortos hacia el Arco de Constantino, contento de haber ganado su lugar luego de meses de discusiones con otros vendedores, que a propósito, han comenzado su mañana hace horas. El clima dorado de verano les cubre de transpiración las frentes, pero no los detiene de insistir a los turistas y convencerlos de que necesitan agua, collares, sombreros, adornos y todos los accesorios necesarios para que la tecnología cumpla sus funciones. Anad saluda a sus colegas, quienes rápidamente le convidan algo para beber. De pronto recuerda que no ha desayunado, pero se tranquiliza cuando le dicen que Ali llegará dentro de poco con paninos de verdura y cúrcuma. Sólo 1 euro y a cambio, un estómago extasiado.

Luego de unos veinte no, consigue un de australianos que encuentran a buen precio su charger; le pagan 10 euros y le piden que les tome una foto. Son una familia gorda y feliz, que sonríen a la cámara de un teléfono tan grande que apenas cabe en las manos de Anad. Él les agradece con un inglés mal pronunciado y los olvida al identificar un señor que observa sus productos.

Han pasado tres horas desde su llegada, pero todavía la jornada promete más ventas. Hay cientos de personas llegando minuto a minuto, determinados a ver lo colosal del Imperio vencido. El aire es imperceptible aunque amarillo y mejor esto al invierno platinado. Los niños corren excitados, sus padres hacen las mejores poses en el escenario romano y Anad no sabe si es por el calor o las sonrisas infantiles, pero de pronto se recuerda descalzo jugando en las calles de Agra con sus primos. Ve como en una película la alegría que entonces sentía y como jamás hubiera pensado que sería capaz de dejar su tierra.

¡Anad! ¡Anad!

Su burbuja de ensoñación se rompe cuando ve a sus compañeros corriendo en dirección a Circo Massimo. El corazón se le empapa de euforia y de los nervios se ríe, otra vez la rutina: escapar. Un auto de la Policía irrumpe en medio del océano de turistas, nadie comprende qué sucede. Nadie, excepto los quince vendedores que minutos previos saciaban los placeres extranjeros.

Ahora corren protegiendo su material de trabajo, que de ser descuidado terminará en manos de los uniformados. Ahora las piernas son veloces como las de atletas que el único premio que esperan es la paz. Ahora escapan como delincuentes de un crimen jamás cometido, tácito el delito de haber nacido en un mundo sin lugar para ellos. Anad no piensa, se fuga, tiene la mente en blanco, escucha susurros estratégicos, no piensa, se fuga. Una joven cae al suelo por su culpa, distintas personas se acercan y gritan con espanto: "¡Que alguien llame a una ambulancia!"

*Foto de Vincent CalogeroRoma. 2019.