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BASQUIAT: ENCUENTRO CON UN REY
Tiempo estimado de lectura: 5 minutos.
I
¿UN LOCO BUENO?
Estaba
en la sala de espera del hospital, cuando Karina, para distraerme, sacó unos
libros de pintura del bolso. Mis ojos, instintivos, encontraron una trompetita
en medio de un collage de graffiti y óleo. Revisé las páginas, desde la primera
a la última, hasta que me llamaron. Tuve que pararme. Caminé
entre un hombre desnudo y una señora con fiebre, llegué a la puerta y el
médico, antes de saludarme, gritó: “¡chicas llévense a Tito que anda sin
ropa!”. Se disculpó, me dijo que solían escaparse del edificio de al lado, que
eran locos buenos. Yo estaba nerviosa, no pensaba, sólo veía letras en
miniatura, coronas y desorden. Media hora después el procedimiento había
terminado pero mi mente seguía de paseo por aquellas galaxias coloridas; algo
en mí le agradeció al arte, por llegar siempre a tiempo.
En
el 78’ Basquiat vendía tarjetas dibujadas en los barrios de moda de Nueva York,
había quienes quedaban boquiabiertos, también los que seguían caminando, de
cualquier manera él volvía inmutable al edificio elegido para la noche y soñaba
entre escombros. Brooklyn resonaba lejos, pero no así la desilusión, la
familia, un poco de Haití, un poco de Puerto Rico, ellos cerca, el dolor
también. Estaba enojado con la realidad y a la vez la deseaba brillante. Es que
su don había hecho agua en todos lados, inclusive en la escuela para
superdotados, de la que lo expulsaron por “rebelde”; se sentía un fracasado con
miedo al fracaso.
La calle era una casa con la que se reconocía, por eso cuando años después le tocó ser el artista más buscado del momento y su nuevo amigo Andy Warhol le ofreció vivir en el loft de Great Jones Street, nadie podía entender su locura de recurrir a la cuna nocturna una y otra vez. Paranoia, le decían, incomprensión absoluta, adicción a las drogas. Jean Michel no contestaba, más bien se quedaba en blanco, con la mirada a veces tierna, a veces violenta, pero jamás oscura.
La calle era una casa con la que se reconocía, por eso cuando años después le tocó ser el artista más buscado del momento y su nuevo amigo Andy Warhol le ofreció vivir en el loft de Great Jones Street, nadie podía entender su locura de recurrir a la cuna nocturna una y otra vez. Paranoia, le decían, incomprensión absoluta, adicción a las drogas. Jean Michel no contestaba, más bien se quedaba en blanco, con la mirada a veces tierna, a veces violenta, pero jamás oscura.
II
THE SAME OLD SHIT
Pasaron
dos años. Un día un amigo, no de acuerdo con mi admiración, me preguntó
qué era lo que tanto me gustaba de su obra. Las palabras brotaron de nuevo,
como aquel día, flotando entre rojos y ocres. Entendí cuánto me encantaba que
sus pinturas estuvieran escritas por todos lados, complejizando el ojo que ve,
dando un extra enigmático.
Admiraba
el bebop, la juventud, la estética y tenía un entendimiento sobre Estados
Unidos de alto grado intelectual. Quería dar cátedra, pero como un niño, puro
de raíz y sin temor a la reacción. Dio a luz a SAMO, voz del descreimiento hacia la religión, las instituciones, el consumo y el sistema
en general. Eran graffitis que gritaban provocaciones desde el inconsciente
hasta la mayor claridad, adornaban la ciudad de verdades que generaban
placer una vez dichas.
J.M.B logró movilizar cabezas paralíticas, se hizo conocido en el under de artistas de Nueva York y así y todo le puso fecha de muerte a su creación. 1979: “SAMO is dead”. La pintura merecía todo su ser, las dimensiones no tendrían límites. No tardó en formar parte de exposiciones que lo llevarían rápidamente al foco de la escena. En sus cuadros mostraba héroes personales, historia, cuerpos como radiografías rodeadas de oraciones, ironía, coronas de reyes nunca reconocidos.
J.M.B logró movilizar cabezas paralíticas, se hizo conocido en el under de artistas de Nueva York y así y todo le puso fecha de muerte a su creación. 1979: “SAMO is dead”. La pintura merecía todo su ser, las dimensiones no tendrían límites. No tardó en formar parte de exposiciones que lo llevarían rápidamente al foco de la escena. En sus cuadros mostraba héroes personales, historia, cuerpos como radiografías rodeadas de oraciones, ironía, coronas de reyes nunca reconocidos.
III
CAPRICORNIO TO THE TOP
No
me sorprendí del resultado, el día que puse su nombre en internet para saber la
fecha de nacimiento. Automáticamente se me vino esa metáfora de que los
capricornianos somos como cabras subiendo montañas, sin importar viento y lluvia,
ciegos por llegar a la cima.
Pido
permiso al relato y pregunto:
¿Son
las cimas siempre malas?
¿Cima
es = a daño o autoengaño?
¿Es
uno, la cima de uno mismo?
Jean
Michel había sentido el llamado de ser testigo de su época desde temprana edad
y el cómo se gestó entonces, quién sabe si cuando su mamá lo llevó a un museo
por primera vez o cuando le regaló el libro de anatomía. Lo cierto es que más
adelante reflejó en sus piezas fisonomías detalladas y psiquis vistas desde
adentro. El contenido era profundo, eso nunca estuvo en cuestión, de hecho
enamoró a todos, no sólo a Warhol, sino a la mismísima Madonna, Keith Haring,
Williams Burroughs y a cada dueño de galería, artista y músico.
Era bueno con el clarinete y el sintetizador. De sus amigos siempre el más moderno, el “king pleasure” herido sólo en sombras, el afro-americano-caribeño en oda permanente a los genios negros. Quiso llegar y llegó. Se le podría atribuir a muchos el éxito, a Anina Nosei, a René Ricard, a Bruno Bischofberger, por la ayuda, pero la cima era su destinado abismo, el que deseaba. Por lo demás, su fragilidad no fue compatible con el mundo y mucho menos con la famélica New York City.
Era bueno con el clarinete y el sintetizador. De sus amigos siempre el más moderno, el “king pleasure” herido sólo en sombras, el afro-americano-caribeño en oda permanente a los genios negros. Quiso llegar y llegó. Se le podría atribuir a muchos el éxito, a Anina Nosei, a René Ricard, a Bruno Bischofberger, por la ayuda, pero la cima era su destinado abismo, el que deseaba. Por lo demás, su fragilidad no fue compatible con el mundo y mucho menos con la famélica New York City.
Untitled (Pollo Frito) 1982. Jean-Michel Basquiat.
IV
EL NIÑO RADIANTE
Me
interesé en The Radiant Child porque la directora era una amiga cercana de
J.M.B y la entrevista central la había hecho a modo informal en 1986. Como
tantos, no pudo tolerar su muerte y guardó el material hasta el 2010, año en
que presentó el documental terminado en el Sundance Festival. Le puse pausa en el minuto
1:22:32, filmación hecha en la última exposición que hizo. Me quedé mirando un
rato la imágen, lo ví sórdido, como quien se ha desapegado del todo, tenía una
capa de alta costura, los pómulos hundidos y a sus espaldas una de sus series obras maestras: "Eroica". Justo a la altura de la cabeza, detrás de la oreja, se
leía “MAN DIES”, “el hombre muere”.
Se
fue en 1988, a los 27 años como todos los ángeles sin alas, era un drogadicto,
un joven que pretendió ser Dios y no pudo, estaba muy solo, no lo entendían,
era negro, bla bla bla. Sobre su fallecimiento se dijo esto y aquello, los
datos duros probablemente ciertos, pero la profundidad incomprendida.
Lo que le dejó a la humanidad fue una tonelada de pinturas y dibujos, algún graffiti atesorado en la vía pública, la primer cara no-blanca en salir en la tapa de la revista de The New York Times, la fama del vagabundo en América, Europa, Japón y África, la sexualidad inocente hasta el final, la confrontación con altura, el querer-poder, el espíritu hermano de Van Gogh y Rimbaud, la sencillez, la complejidad, el clamor proveniente de cuadros con boca y lengua. Dos ojos marrones, rasgados y perfectos, capturados por cientos de lentes, hechiceros de quien los mira inclusive hoy. ¿Muerto? ¿Vivo? ¿Muerto? ¿Vivo?
Lo que le dejó a la humanidad fue una tonelada de pinturas y dibujos, algún graffiti atesorado en la vía pública, la primer cara no-blanca en salir en la tapa de la revista de The New York Times, la fama del vagabundo en América, Europa, Japón y África, la sexualidad inocente hasta el final, la confrontación con altura, el querer-poder, el espíritu hermano de Van Gogh y Rimbaud, la sencillez, la complejidad, el clamor proveniente de cuadros con boca y lengua. Dos ojos marrones, rasgados y perfectos, capturados por cientos de lentes, hechiceros de quien los mira inclusive hoy. ¿Muerto? ¿Vivo? ¿Muerto? ¿Vivo?
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